La Ville, son archange de misère, l'espérance, intermède, par Carmen Muñoz Hurtado (27/04/2008)

Crédits photographiques : Jack Delano.
Rappel
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Titre original de cet article : La aldea de Terninques o la desesperanza reflejada en un espejo

Carmen Muñoz Hurtado dans la Zone : 2666 margaritas para los cerdos…

La palabra esperanza no es más que el camuflaje de la desesperación. Incluso, quienes hoy siguen hablando de Dios, ya no lo hacen como una verdad absoluta capaz de dar respuesta a todas las interrogantes, sino como una exégesis abatida de las miserias de la condición humana.
Muchos conversos contemporáneos, pienso especialmente en Vattimo, han rescatado el cristianismo como un ejercicio hermeneútico, más que como una práctica fundada en el renunciamiento. Lo anterior, nos arroja a un Vattimo que se denuncia a sí mismo al decir que: su conversión no se asemeja a un volver arrepentido a la casa del padre, disponiéndose a la sumisión y mortificando la propia soberbia intelectual. Vattimo sólo quiere demostrar su tesis del retorno a Dios, como un intento desesperado ante la derrota de la razón moderna y ante la obsesión por aquel horizonte postmetafísico que tanto han manoseado los veniales filósofos de su estirpe. De tanto jugar con la sospechosa condición postmoderna, los débiles pigmaliones crearon un monstruo muy distinto a Galatea que, al despertar, les lanzó una pregunta ¿ Se puede pensar la revelación en términos secularizados ? No, sin hacernos recordar las palabras de León Bloy : Sólo hay una desgracia, la de no ser santos.
Creo más en la conversión del poeta Heine, que definió su bautismo como un pasaporte social, o en la conversión soterrada de un Mahler, que anhelaba dirigir la Ópera de Viena; incluso en Maurras, que en su obsesivo intento de restauración monárquica, usó instrumentalmente al catolicismo despojándolo del Verbo. Al menos en estos pseudo retornos a la casa del padre hay una esperanza verdadera.
Simone Weil – pese haber estado siempre ad portas del Templo, como la suicida Mouchette – describe con profunda lucidez este estado de desesperanza camuflado de fe : El hombre, aparentando dominar las fuerzas que lo superan infinitamente, se ha entregado a ellas y ha perdido la noción misma de la necesidad. Atrapado en el espacio claustrofóbico de la subjetividad, sólo le queda mentirse.
Leopold Bloom, el agobiado errabundo de la ciudad de Dublin, no es distinto al caminante sobre el mar de la niebla de Friedrich, ambos están condenados al vacío, a la misma desesperanza frente a lo insignificante de la condición humana. El primero, retorna inútilmente a la cama donde lo espera su Molly, que aún secreta el espeso olor de la infidelidad; el segundo, contempla nostálgicamente, a la distancia, todo aquello que le ha sido negado. Pierre Boutang tiene mucha razón respecto de lo humano en tanto un ser que habita la tierra (humus). Sin embargo, mientras permanece en este nivel, sin pretensiones de trascendencia, el hombre se erige con mayor esperanza. Hasta que se cansa de sí mismo, renegando de su humildad pagana. Si para Boutang este es un valor que ha legado el sentimiento judeocristiano a ese humanismo original, también ha teñido la existencia de vacío y de silencio. Y el fracaso de nuestra cultura es el miedo al silencio, dirá Steiner refiriéndose al texto de Boutang, la Ontología del Secreto. La única esperanza posible es que, aquel Dios que se ignora y adormece en el mundo, que se silencia ante el ruido de la ciudad purgatorio, nos haga tomar conciencia de nosotros mismos.
¿ Qué esperanza nos va quedando en la ciudad, en esta aldea de Terninques ? Tendremos acaso que intuir la densa sombra que acompaña a Bernanos y que le da rostro monstruoso a su fe. Él, asume que está en una batalla, que no será ganada sin el esfuerzo de un santo. Sin embargo, el cura Donissan ya se ha confesado por todos nosotros al decir que ha vivido menos en la esperanza de la gloria, que en la añoranza de lo que ha perdido; y la peor de las tentaciones es la desesperación. Donissan en su confesión y Bernanos, en su Diario, nos echan en cara que en su más alta tensión la esperanza acaba consumiéndose.
Creo que la encarnación perfecta de la ciudad a la que estás aludiendo en tus artículos, es el cuerpo de las dos Mouchette. El sentimiento de soledad que las embarga, las va fatigando a tal punto que sufren la misma muerte. No hay diferencia entre el estanque al cual se arroja sin resistencia la joven Mouchette y las puertas de la iglesia que sirven de escenario a la finitud de la otra, que algunos ilusamente creen arrepentida. No hay diferencia entre el Dublin miserable que recorre Leopold Bloom y el paisaje sublime que intenta asir el impotente caminante en la niebla de Friedrich.
No creo que la ausencia de Gracia sea privativa de las almas tibias e indiferentes, aquellas que León Bloy supo identificar con tanta soberbia en Las Doce Jóvenes de Eugenio Grassett. Hay más desesperanza en las palabras de este converso que en el instante del suicidio de Mouchette. Hasta en la blasfemia hay algo de amor a Dios, nos dirá Bernanos, eso está por verse.
La ciudad, la Ville, son archange de misère. Sí, tienes razón y aquí hablo desde mi condición de Eva. Me arriesgo esta vez a ser expulsada del paraíso de Bloy que proclamaba que el triunfo de la mujer estaba en su misterio. Pienso que al hablar de misterio se refería a la etimología de la palabra: no, no cerraré los labios, aunque él siga diciendo: Misterio de sus ojos, misterio de su boca, misterio de sus gestos... misterio también, supongo, de sus inexistentes pensamientos.
Aquella sentencia de San Pablo, que tanta resonancia produjo en el converso Bloy y en el vidente Borges: Videmus nunc per speculum et in aenigmate (vemos ahora a través del espejo y en el enigma), es la mejor metáfora de la Ville: un reflejo de la desesperanza percibida en un espejo.
La ciudad sigue siendo un lugar donde debemos acondicionar las sepulturas. Esta noble tarea nos ha sido delegada a nosotras, las Evas, en palabras de Bloy : Indudablemente, acondicionar las sepulturas es tarea tuya. Desde que tu Madre, en un instante hizo caer con la punta de su dedo de Infanta de Dios todos los frutos de los árboles del Paraíso, casi no hay ejemplo de mujer que no abra en su huerto un pequeño abismo para sepultar a algún desdichado.
Mouchette, la santa Brígida de la nada, seguirá acondiciondo las tumbas de la aldea de Terninques, en el Artois, esta es la única certeza respecto de La Ville, son archange de misère.

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