Maudit soit Andreas Werckmeister ! : toutes premières réactions (28/04/2008)

Jean-Pierre Velly, Enfin, 1973
Jean-Pierre Velly, Enfin, 1973 (eau-forte et burin sur cuivre).


Un auteur qui n'a pas été publié par un éditeur se trouve à peu près dans un état voisin de celui du pucelage : peu ou beaucoup de théorie, aucune pratique (ou si peu, ou finalement si triste, solitaire).
Voilà ce que je répétais encore à Pierre Cormary, durant une soirée fort arrosée chez une amie commune. Cormary, fidèle à sa complexion, se déclarait, devant des convives pour le moins sceptiques (leur scepticisme cependant atténué par leur plus ou moins grande ivresse), très fier d'être, dans ce cas, un puceau.
Je crois même, mais mes souvenirs de cette soirée sont confus, qu'il m'affirma ne vouloir absolument pas perdre son pucelage.
Un auteur publié qui n'a pas encore essuyé le feu de la critique comme l'écrivent les journalistes n'est, à son tour, pas grand-chose de plus qu'un béjaune, disons un gars de l'infanterie qui, en guise de blessures, n'a rien vu de plus que celles de ses amis revenus du front. C'est déjà cela.
Ce n'est pourtant pas grand-chose.
Voici donc les toutes premières appréciations concernant, comme le remarque Olivier Noël, cet étrange livre en effet qu'est Maudit soit Andreas Werckmeister ! : en attendant un billet de Dominique Autié sur son blog, un article de Rémi Soulié à paraître en revue, en pouvant lire, d'ores et déjà, le texte sans concessions (tant mieux) de Noël, qui n'a pas vraiment relevé la dimension religieuse de mon livre (ce qui est normal, chez lui) et s'imagine (ce qui est plus étonnant) que je ne parle que de métaphores lorsque j'évoque le mécanisme de certains romans, voici le commentaire de Carmen Muñoz Hurtado (intitulé ¡ Bendito sea Andreas Vesalius !), que je reproduis ci-dessous puisqu'elle me l'a envoyé par courriel.

L'on me permettra d'ajouter que ces deux lectures (et celle, mais il s'agit davantage d'une recension que d'un vrai texte, de Rémi Soulié), malgré leur qualité, ne font que paraphraser mon étrange bouquin, certainement pas le critiquer.
Le critiquer, c'est-à-dire en disséquer les intentions profondes, en matérialiser le mauvais rêve, en deviner l'intention éthique, en dénouer l'apparent échec formel (oscillation, écrit Noël bon lecteur du fantastique selon Todorov qui parlait plutôt d'hésitation) qui est plutôt une sorte de ruse fictionnelle comme les disposait Kierkegaard dans certains de ses ouvrages (je songe à La Reprise notamment), ruse qui, en signalant l'inévitable aporie à laquelle aboutissait le texte, commandait en quelque sorte une forme de réduplication, une sortie hors de la littérature qui reste un savoir mort.
Pour le moment quoi qu'il en soit, ce que j'ai lu de plus pertinent sur ce court livre est un courriel que m'a adressé un de mes lecteurs, Jérémie Sok. Je le publierai peut-être avec sa permission (*), puisqu'il constitue aussi une réponse à la critique d'Olivier Noël.


Le courriel de Carmen Muñoz Hurtado.

«La deplorable división del arte del tratamiento introdujo en las escuelas el detestable procedimiento en el que algunos realizan la disección del cuerpo humano y otros presentan la descripción de sus partes, estos últimos como cuervos trepados en sus altas sillas, con egregia arrogancia eructan cosas que nunca han investigado sino que simplemente han memorizado de los libros de otros, o de lecturas de lo que ya se ha descrito. Los primeros son tan ignorantes de idiomas que son incapaces de explicar sus disecciones a los espectadores y confunden lo que debería demostrarse de acuerdo con las instrucciones del médico que, como nunca ha usado sus manos en la disección de un cadáver, desdeñosamente capitanea el barco desde un manual.»
Andreas Vesalius, prólogo a De Humani Corporis Fabrica, 1543.

El último libro de Juan Asensio, Maudit soit Andreas Werckmeister !, se erige dentro de aquella tradición de la crítica literaria que no teme pronunciarse éticamente en torno a las miserias de su tiempo. Incluso, podemos afirmar que esta obra se entronca con la línea de pensamiento estético que – luego de un largo debate filosófico, surgido de la intranquilidad de los autores románticos, tales como Schiller, Novalis y el joven Hegel – postuló sin cobardía la muerte del arte.
No obstante, el cadáver de la literatura francesa, al cual se enfrenta Asensio, yace en un escenario aún más desolador que aquel que le permitió a Hegel utilizar el término muerte, Auflösung, a mediados del siglo XIX. En rigor, cuando el filósofo alemán se refiere a la muerte, no postula la idea de fin sino, desde el ejercicio dialéctico, nos habla de disolución – resolución. En este sentido, más que el término histórico del arte, Hegel nos remite al ocaso de una determinada forma de hacer arte, lo que se diluye son ciertas figuras de la conciencia artística que darán paso a nuevas maneras de representar el mundo. Basta abrir las primeras páginas de sus Lecciones de Estética para comprender que la idea de resolución sigue siendo una posibilidad. Cuando Hegel describe la pintura holandesa de su época afirma que ésta se ha transformado en la conquista de las pequeñas cosas, en la apropiación de los detalles de los objetos cotidianos; si bien es la miserable y prosaica conquista de la burguesía protestante, sigue habiendo, al menos, una intencionalidad : «[...] son también los medios de representación los que se convierten en fines para sí mismos, de la misma manera en que la habilidad subjetiva y la aplicación del medio artístico constituyen lo que asume un valor objetivo en la obra de arte» (Hegel, G. W. F., Aesthetik, Ed. Lukács, Berlín, 1955, página 553).
El cadáver descrito por la pluma de Asensio ya ni siquiera puede ser maquillado para que sus deudos intenten darle un último vistazo, pues está en proceso total de putrefacción, si es que ya no se ha fosilizado. La crudeza con la que este escritor nos evidencia el estado actual de la pseudo literatura francesa es, ante todo, un acto de valentía, pues él sabe que el heno no huele igual para los caballos y para los enamorados, y este cadáver tampoco huele igual para aquella crítica carente de olfato literario. No faltará quien juzgue el libro animado por una obsesión faústica de revivir a los muertos, ¿ sabrán estos señores que hasta Fausto terminó arrepintiéndose ?
Asensio ha tomado un camino que va más allá de la denuncia resignada de la podredumbre literaria francesa, eso sería extremadamente fácil y carente de osadía; además con total astucia, este escritor sabe que acariciar a la bestia a contrapelo puede terminar gustándole. La mayor riqueza de este libro es apelar a aquellos valores literarios y filosóficos que se perdieron en algún punto de la historia. ¿ Reaccionario ?, sí, tal vez, pero a la manera de un Pierre Victurnien Vergniaud. ¿Alguien podría negar hoy que la revolución francesa, como Saturno, acabó devorando a sus propios hijos ?
Maudit soit Andreas Werckmesiter ! está en la misma sintonía del discurso de Vico, Hamman y Herder, quienes también se atrevieron a denunciar la muerte de la poesía. Ellos contemplaron un cadáver aún tibio, casi imperceptible en su condición de finitud.
Vico postuló en su tiempo que la muerte de la gran poesía se debió a que lo humano había sustituido a lo divino, «las musas han dejado los trabajos celestes entre las estrellas, en las que divagan sus mentes y han descendido a la tierra para mezclarse con las infamias de los comunes mortales» (Vico, G. B., Opere, página 216). Hoy, en cambio, el rigor mortis es tan evidente que la cal que deseen espolvorear sobre el difunto no evitará su pestilencia.
Asensio se sitúa junto al cadáver sin temor a ensuciarse las manos, inclinándose a creer sólo en sus observaciones; en este sentido, su ejercicio crítico es tan polémico como el que practicó Vesalius con su arte de disectar. En la época de este fisiólogo belga, la mayoría de los anatomistas no efectuaban disecciones, se conformaban con leer a Galeno, mientras un ayudante señalaba con un puntero las partes del cuerpo, evitando tocarlo : sólo el barbero y el cadáver carecían de togas. Lo anterior, ¿ no es acaso una suerte de parodia de la pseudo crítica contemporánea ?
Tal vez, la obra Maudit soit Andreas Werckmeister ! sea atacada con la misma ceguera con la que atacaron a Vesalius, qué importa, si el libro se defiende a sí mismo. De todas maneras, no está demás recordar estas palabras : «Adiós, lector, y si amas la verdad, procura no anteponer a ella la piedad» (Luis Collado, Defensa de la renovación del saber anatómico por Vesalius, frente a los ataques del galenista Silvio).

Bibliografía :
José Barón Fernández, J. B. Andreas Vesalius : su vida y su obra. Instituto Arnaldo de Vilanova (C.S.I.C.), Madrid, 1970. Rústica editorial.

(*) C'est chose désormais faite :

«Juan Asensio,

Je viens de terminer votre dernier livre (que j'ai d'ailleurs cherché pendant longtemps avant de m'apercevoir qu'il n’était disponible que le 24 et non le 10 avril)... Étrange ouvrage en effet, comme le dit Olivier Noël, qui ne manque pas de continuer à me troubler. Magnifique livre qu'il me faudra pourtant relire et relire afin de gratter, dans mon esprit, cette encore trop épaisse couche de noirceur. Je ne me risquerais pas à établir une impression poussée (de peur, je l'avoue, de vous paraître partiel ou mauvais lecteur).

La «critique d'Olivier Noël m'a quelque peu énervé car je ne crois pas que ce glissement retenu ou hésitant vers la fiction soit problématique. Au contraire, il m'a fait éprouver avec vertige ce mauvais rêve (Bernanos ?) qui semble vous avoir possédé d'une manière quasi démoniaque (Écrirez-vous un jour un roman ?). Cette tension entre essai et fiction, comme entre (mauvais) rêve et réalité, m'a justement fait ressentir un déchirement qui a l'air de vous habiter lorsque vous posez votre regard sur la littérature. Je n'ai de plus pas été frustré par cette presque absence de polémique que vos lecteurs devraient bêtement exiger de chacun de vos livres, vous enfermant ainsi dans la case de l'éternel enragé (à quoi bon réitérer ce qui a déjà été écrit dans La Critique meurt jeune ?). Je n'ai pas compris l'appellation de long billet qui pourrait sous-entendre l'illégitimité d'avoir publié ce livre et qui, peut-être, nous ferait comprendre l'incapacité d'Olivier Noël à déceler l'approche poétique (jugée insuffisante) qu'il vous a été inévitable d'endosser pour arpenter ce(s) trou(s) noir(s) (le rapport de ce concept scientifique avec la littérature était d'ailleurs déjà présent dans vos précédents ouvrages). Si je me souviens bien, le milieu de la Littérature à contre-nuit ainsi que celui de La Parole souffle sur notre poussière, constituaient des sortes de zones
noires où votre plume ne semblait plus suivre une logique intellectuelle, osant presque le saut incertain vers une écriture devenue indépendante... Je crois. Dans Maudit soit Andreas Werckmeister !, la tentative timide des autres essais paraît avoir pris possession de l'entièreté de l'ouvrage; c'est pourquoi je salue l'audace ainsi que le caractère inédit de votre geste ! Aussi, et pour terminer, je ne peux m'empêcher de vous faire part de ce curieux sentiment (peut-être ridicule) qui m'a fait entrevoir votre livre, au
moment d'achever sa dernière page, comme une sorte d'œuvre testamentaire.

Merci encore.

Jérémie Sok.»

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